Historia

Cuando allá por el siglo VII d.C. un grupo de illirios romanizados se asentó en una isla de la accidentada costa de Dalmacia de nombre Laus (roca, en griego antiguo) huyendo de las tribus de eslavos y ávaros procedentes de los Balcanes, no podían imaginar que estaban poniendo la primera piedra de una ciudad llamada a convertirse en uno de los destinos turísticos más fascinantes del Mediterráneo.

La larga y apasionante historia de Dubrovnik es uno de los principales argumentos para animarse a viajar a este destino, puesto que ésta impregna hasta el último rincón de la ciudad, confiriéndole una magia y un encanto muy especiales.

Los orígenes de la antigua Ragusa

La ciudadela amurallada de Dubrovnik que ahora hace las delicias de los visitantes se levanta sobre esa isla de Laus, hoy conectada al continente por un tómbolo. En ella, aquellos romanos tardíos construyeron una fortaleza a la que bautizaron como Rausium, topónimo del que derivaría el futuro nombre de la ciudad: Ragusa. Cabe decir que la actual denominación de Dubrovnik proviene a su vez de la palabra eslava Dubrava, que significa “bosque de robles” debido a la abundancia de estos árboles en esta zona del litoral.

Grabado de la Ragusa medieval

Grabado de la Ragusa medieval

A mediados del siglo IX la nueva ciudad acabaría cayendo bajo la órbita de Bizancio, el Imperio Romano de Oriente, que brindó a sus habitantes la protección que reclamaban ante las incursiones por mar de los árabes y las correrías de los bárbaros que asolaban la región de Illiria, que entonces comprendía entonces toda la costa oriental del mar Adriático. Ese dominio duró cerca de cuatro siglos en los que la comunidad ragusina gozó de una libertad e independencia que la llevó a convertirse en uno de los puertos más prósperos del Adriático.

Algunos de los edificios destacados de la ciudad que datan de esa época son el Palacio del Rector y la Catedral de Velika Gospa.

Los bizantinos sin embargo no pudieron evitar que Ragusa fuera saqueada por los normandos y finalmente en el año 1205 cayera en manos de la pujante República de Venecia, que se libraba así de un incómodo competidor comercial en el Mediterráneo Oriental.

La Atenas del Adriático

Ragusa puso fin a la etapa de dominio veneciano en el año 1364, cuando firmó un tratado con el Imperio Otomano que en esos momentos se estaba expandiendo a toda velocidad por el sureste de Europa y ponía en jaque al milenario Imperio Bizantino. Los habitantes de Ragusa pueden presumir de haber sido los primeros que protagonizaron la firma de un tratado de alianza entre el Sultán y un estado cristiano.

¿Cómo lo consiguieron? Probablemente con un derroche de habilidad diplomática. Lo cierto es que la ciudad se salvó de la conquista a cambio de un tributo anual al Sultán. Esta lealtad se vio recompensada en 1421 con una concesión a la flota de Ragusa para poder comerciar con Asia y África, lo que supuso el inicio de un nuevo periodo de esplendor económico para la ciudad. En esta época Ragusa llegó a rivalizar con potencias navales tan destacadas como Venecia y Pisa. Las imponentes y bellas murallas de la ciudad que los viajeros pueden admirar hoy fueron levantadas en esta época.

Las actuales murallas de Dubrovnik fueron levantadas en el siglo XIV

Gracias a su peculiar sistema de gobierno inspirado en el modelo democrático ateniense de la época clásica, Ragusa fue conocida como “la Atenas del Adriático” o “la Atenas de Dalmacia”. No se trataba exactamente de una democracia como hoy la entendemos pero sí un sistema muy adelantado a su época.

La feliz y próspera república de Ragusa inició su declive después del devastador terremoto de 1667. El desastre fue de dimensiones apocalípticas: la ciudad y su puerto quedaron prácticamente destruidos y más de 5.000 de sus habitantes, nada menos que el 40% de la población, perdieron la vida. El terremoto marcó también un punto de inflexión en la historia de la ciudad desde el punto de vista demográfico: la población latina o descendiente de los romanos fue diezmada y la ciudad fue repoblada con contingentes eslavos. Se puede decir que tras esta tragedia Ragusa pasó definitivamente a convertirse en Dubrovnik.

Dubrovnik en el siglo XIX

La lenta decadencia continuó hasta 1808, año en el que Napoleón abolió la República de Ragusa poniendo fin a cerca de mil años de historia más o menos independiente.

Tras la derrota napoleónica el reparto territorial europeo pactado por las potencias vencedoras en 1815 en Viena decretó que Dubrovnik pasara a formar parte del llamado Reino de Dalmacia, con capital en Zadar, bajo dominio directo del Imperio Austro-Húngaro. En este periodo la ciudad, aunque privada de su independencia, creció hasta alcanzar una población de 11.000 habitantes recibiendo nuevos grupos de población, sobre todo serbios e italianos, que convivieron pacíficamente con la población mayoritaria de origen croata.

Durante la llamada Belle Époque, a caballo entre los siglos XIX y XX, se construyeron los primeros hoteles y balnearios en la costa dálmata y Dubrovnik floreció como un destino de descanso estival para las elites.

Dubrovnik en el siglo XX

Cien años duró el dominio austriaco. Tras la I Guerra Mundial la ciudad pasó a formar parte del nuevo estado de Yugoslavia y en 1916 su denominación oficial fue, por primera vez en su historia, la de Dubrovnik.

Como todo el continente europeo, Dubrovnik vivió momentos difíciles durante la II Guerra Mundial. La ocupación italiana en 1941 fue seguida por la de las tropas nazis y sus aliados ustace, los exaltados y despiadados nacionalistas croatas. Los alrededores de la ciudad fueron escenario de duros enfrentamientos entre los partisanos y las tropas alemanas hasta la liberación definitiva. Después, bajo el régimen socialista de la Yugoslavia de Tito, la ciudad se convirtió en lugar favorito de veraneo de los grandes jerarcas del partido, aunque despojado de la elegancia y el glamour de otras épocas.

Bombardeo de Dubrovnik de 1991

Bombardeo de Dubrovnik de 1991

Tal vez el episodio más negro de la historia reciente de Dubrovnik es el duro bombardeo sufrido durante la llamada Guerra de Yugoslavia en 1991. Para castigar el voto de los electores de Dubrovnik favorable a la independencia de Croacia, el ejército yugoslavo (integrado fundamentalmente por contingentes serbios y montenegrinos) asedió la ciudad con especial virulencia, ahuyentando a los aterrados turistas que abandonaron la ciudad en tropel sin saber exactamente qué estaba sucediendo.

El asedio de Dubrovnik se saldó con daños irreparables en el patrimonio histórico y artístico de la ciudad y está considerado como uno de los actos más crueles dentro de un conflicto bélico plagado de crueldades y momentos terribles. Aún hoy, a pesar de los esfuerzos económicos dedicados a la restauración y recuperación de la ciudad, se pueden ver algunos vestigios de aquella barbarie en algunos edificios.

Sin embargo las cicatrices de la guerra están ya curadas y Dubrovnik puede disfrutar hoy de una nueva edad de oro sobre todo gracias al turismo. En las dos ultimas décadas se ha convertido en un importante puerto de cruceros y uno de los destinos turísticos más importantes del Mediterráneo, conocido en todo el mundo como “la Perla del Adriático”.